Capítulo 5: El final, un nuevo principio

Todos los viajes tienen un final. Lo conozcamos o no siempre está ahí. Es fácil identificarlo: es eso que ha cambiado cuando vuelves.
Creas lo que creas, la meta tiene diferentes formas, olores, sensaciones que, en gran parte, depende de cómo somos cada uno de nosotros y, por otra parte, de la experiencia personal que vivimos durante “la ruta”.

Este viaje, mi viaje, ha sido una suma de experiencias de todo tipo. Pude confirmar que, cuando las cosas no van según lo previsto, cuando las cosas van mal, cuando la motivación cae, se derrumba, cuando empiezan a surgir pensamientos sobre “abandonar”, cuando la concentración está hecha polvo y centrada en el problema, cuando se está solo, sin recursos, creyendo falsamente que no hay opciones, entonces, siempre: hay que continuar adelante.

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Tras unos maravillosos días y con las fuerzas bien repuestas, Amsterdam quedó atrás y, de nuevo, me dirigía hacia el Sur en plena ola de calor, con cielos despejados y temperaturas en torno a los 30ºC. Eso, encima de una bicicleta durante más de 5 horas, no es algo ideal. Pero… siempre adelante.

Terreno plano, algún que otro canal con sombra y poco viento convirtió 100 km en una locura. Se partió un radio. Otra vez. Es el quinto en lo que va de año, en tres bicicletas distintas. Lo reparé y continué. Salí de los circuitos urbanos y carreteras interurbanas y me adentré en la poca naturaleza salvaje que pude encontrar, donde encontré mi último refugio del viaje: una cabaña “pública” junto a un río.

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Efectivamente, esto se acaba. Empezamos con los “últimos” del viaje: última cena salvaje, última noche en el bosque, última jornada en bici, último todo… El cuerpo lo sabe y empieza a ir a ralentí. Es extraño como, conforme nos acercamos al final de algo, las energías se adaptan para llegar a la meta y poco más.

En la penúltima jornada pasé por Breda, pequeña y de gente amable, en la que pudo haber sido una de las jornadas más calurosas de todo el viaje. No obstante, llegué a casa de Simon en Amberes. Cansado pero motivado por ver una cara amiga, la entrada a la ciudad desde el Norte me trajo recuerdos de otras ciudades. Quizás fuera una mala pasada de un cerebro deshidratado, cansado y rebelde. El caso es que llegué y confirmé que estaba en Bélgica con la cena, el plato nacional: mejillones con patatas fritas. No pongáis caras raras, peores cosas se han visto.

IMG_20160825_175850Justo lo que decía de las fuerzas. El último día. De Amberes a Bruselas, unos 50Km de nada, se me hizo eterno. Una jornada caracterizada por esa ola de calor que no se iba, el bochorno del nublado, el acceso polvoriento a la capital, el saber que se acababa, la mezcla de sentimientos… No puedo describirlo de una forma que entendáis. Ahí va el resumen visual:

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Llegué al destino.
Cansado pero contento y orgulloso. Un viaje que, por mucho que hubiera podido imaginar, había superado todas mis expectativas.
En esta foto no tenía muy claro qué estaba sintiendo, si felicidad, tristeza, alivio, motivación, melancolía…

Lo importante era haber llegado.
Casi 2000Km de ruta a través de 5 países en 17 días sobre la bicicleta. No buscaba récords ni méritos ni nada del estilo. Un viaje en el que no buscaba nada (salvo, quizás, el apoyo para la campaña de crowdfunding) y terminé por encontrar muchas cosas, sobre todo en el lado más humano.

 

Así que, una vez en Bruselas, lo primero que hice, tras ducharme, fue ir a jugar un partido de baloncesto y participar en una de las actividades de Masse Critique, un grupo que se reúne para circular por Bruselas una vez al mes, en bicicleta claro.

Tras lo cual, ducha y la tradición belga: cervezas de celebración y unas “frites”.

 

Un Viernes de llegada, de reencuentro con muchos amigos y tiempo para contar algunas historias.

 

Al día siguiente, Sábado, salí en ruta con Ilan al “Foret de Soignes” en el Sur. Hicimos unos 25Km en total. Volvimos a la ciudad, a comer junto al Parlamento Europeo.

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Justo ahí, frente al Parlamento Europeo, me robaron la bicicleta.

No quiero describir todas las cosas en las que pensé en ese momento. Pasado un tiempo creo que fue bastante simbólico eso que ocurrió en ese lugar, al fin y al cabo, el lugar donde dije que acabaría.

Con todo, los días en Bruselas continuaron con un par de reuniones con GRACQ, Asociación nacional -en su formato francófono- de “ciclistas cotidianos”, un lobby que busca mejoras en las prácticas ciclistas, infraestructuras adecuadas y políticas de integración y reducción del tráfico vehicular (esto último no lo tengo claro del todo, quizás sea fruto de mi cerebro. Perdón).
Básicamente, en Bélgica, tienen los mismos problemas que tenemos en España: la gente tiene miedo a ir en bici porque creen (acertadamente) que es peligroso. Es necesario eliminar esa sensación para incrementar el número de ciclistas y hacer que el tráfico se acostumbre a la bici en la calzada Y carriles bici.

 

Poco más, queridos lectores. Os adelanto que trabajo en un video-resumen del viaje y en unos artículos sobre aspectos más concretos del viaje que irán llegando, con paciencia.
Sobre si repetiría o no, es algo a lo que todavía no puedo responder.

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