Capítulo 4: La ciudad del pecado

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La llegada a Hamburgo, a casa de Lucía y Angel, fue el colofón de una jornada que empezó antes siquiera de despertarme. Dormir en el campo es lo que tiene, por mucho que uno esté acostumbrado o no: animales. A veces no te dejan dormir. Sobre todo cuando se trata de algún tipo de ratón de campo que busca calor en una noche húmeda. Así que el despertar fue un poco más duro de lo habitual. Y el día acompañó: ventoso y lluvioso desde la mañana sin tregua. Si paraba, tenía frío. Si no lo hacía, me empapaba hasta los huesos. Con todo, con más pena que gloria, conseguí llegar. Estaba para el arrastre.

Además de la increíble hospitalidad de mis queridísimos anfitriones, la anécdota fue que allí me encontré con David, quien viajaba en bicicleta (eléctrica) desde Bordeaux hasta Noordkap, el punto más septentrional de Europa, y a quien conocí en las islas Andamán durante mi viaje en la India, allá por 2012-2013. Fue un muy buen reencuentro. Y así definiría los días de Hamburgo: felices reencuentros.

No sin pena, aprovechando la mejoría del tiempo, me dirigí hacia el Oeste. Pasé por Bremen, donde estuve una noche. Después, un pequeño pueblo cerca de Meppen, mi última noche en Alemania y en buena compañía. Annie y Monti viajan hacia Oslo y nos cruzamos todos para pernoctar en casa de Monika, una maestra retirada apasionada de los idiomas y la gente de otras culturas. Nos dio un lugar para dormir y nos preparó la cena (pizza hecha por ella) y el desayuno (completísimo).
Y de nuevo con algo de pena, tuve que partir.

Alemania se acabó tal y como empezaron los Países Bajos: con un sol radiante, poco viento y temperaturas en alza. Todo esto acabaría pasándome factura, pero, dentro de mi felicidad, aún no era consciente.

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La última casualidad antes de llegar a Amsterdam comenzó con una pregunta sin esperanza: escribí a una pareja de Warmshowers si podía darme una ducha esa tarde en su casa antes de continuar unos 10km hasta el camping que tenía previsto. Pues no sólo dijeron que sí en un primer mensaje, sino que me invitaron a cenar con ellos en un segundo mensaje y, donde no hay dos sin tres, me insistieron para que me quedara a dormir en su casa: una familia al completo (tres niños y perro) con un gran sentido de la hospitalidad, la generosidad y altos valores católicos y sentido de aventura (ya a sus seis años, el pequeño había ido en bici con el resto de la familia hasta París).

Y, por fin, con una rodilla más bien a cuestas, llegué a una de las ciudades con más bicicletas en circulación, drogas permitidas (que no legales), barrio rojo, tulipanes, cervezas, molinos, canales, patatas fritas y la población de media más alta del planeta: Amsterdam… y sus extraordinarios 30°C como exclusiva o regalo a mi estadía. Además de mis amigos recibí la visita de una persona que hizo que los días allí fueran casi dolorosamente relajados.IMG_20160820_120917

Pero todo lo que empieza, en cambio constante, tiene un fin; así que tras unos días embriagadores para los sentidos (sin drogas, morbosetes jeje), con una encantadora ficción de rutina turística y muy buena compañía, un grupo de amigos que valen oro y el regalo de los 30°C, se me hizo difícil tomar la decisión de continuar. Difïcil fue, pero no imposible.

Y atrás dejé los coffeeshops, los canales de la ciudad, las barbacoas y mucho amor y, de nuevo, me dirigí hacia el Sur en las que serían las etapas de cierre, con algunas pequeñas sorpresas y muchas emociones.