Capítulo 3: la isla paraíso de la bicicleta

IMG_20160806_145706

Suecia terminó tal y como empezó: luminosa y templada, humana y junto al mar.

Helsinborg es la ciudad portuaria, a una noche de distancia de Halmstad, donde embarcaría hacia Dinamarca. Una ciudad preciosa, con una arquitectura y orografía destacable y un jardín en lo alto de la colina desde donde se divisa hasta el país vecino.

Mi barco se llamaba “Aurora”, el mismo nombre que el barco que navegué durante semanas en los canales de Inglaterra y el río Támesis. Una coincidencia que plantó una sonrisa en mi cara.

IMG_20160809_171652

Es extraño cambiar de país cuando uno se lo está tomando con calma y se encuentra en un momento de calma. En mi caso, el cambio, sin fronteras inútiles (¿de qué protegen las fronteras?) ni controles de identidad absurdos (¿existe un ser humano ilegal, distinto a otros?), me trasladó a un país con un idioma distinto aunque similar, una moneda de mismo nombre aunque diferente valor y menos kilómetros por recorrer. Y en ese país, Dinamarca, por fin, llegué a Copenhague: la ciudad de la bicicleta.

En la reunión que tuve con el departamento de bicicletas del Ayuntamiento de la Comuna de Copenhague, tuve la oportunidad de conocer la historia sobre el por qué de la bicicleta: Tras la guerra, nadie podía permitirse un coche. La economía era, por tanto, local y en las ciudades y pueblos la bicicleta era el modo de transporte primario. Con la expansión económica de finales de los ’60 y principios de los ’70, la población se enriqueció y comenzó a poseer coches. Los carriles-bicis comenzaron a desaparecer en muchas poblaciones, aunque Copenhague fue una de las excepciones. Hoy, con el nuevo “boom” de la bicicleta, Copenhague cuenta con un tráfico del 60% de bicicletas en el centro de la ciudad (hace cinco años se trataba del 39%) y un 49% en el llamado “Gran Copenhague”.

Sentado en esa mesa pensé en lo difícil que sería llegar, para otras ciudades, a los niveles de la capital de Dinamarca. Inmediatamente pensé que no era necesario. Cada ciudad tiene su propio estilo, en muchos aspectos, incluído el urbanístico. El cambio debe ser impulsado por las personas, los habitantes, y es responsabilidad de la administración de asumirlo y adaptar las nuevas realidades y necesidades. Es imposible que Madrid sea como Copenhague. Madrid será simplemente diferente. Como debe ser.

Mis queridos Pablo y Leyre me acogieron durante mis días allí. De nuevo, un buen ejemplo de viejas amistades por las que el tiempo pasa mucho más despacio.

Fueron tres días muy cortos donde entendí que “Agosto” no implica “calor”. A partir de ahí, rumbo sur hacia el siguiente destino: Hamburgo. La ruta estuvo cargada de lluvia y mucho viento, especialmente a la hora de atravesar los puentes para acceder a las islas (algunos, de más de cuatro kilómetros). Recuerdo la jornada donde llegué a la playa de Guldborg, tras más de 100 km y un viento racheado que me desplazaba casi un metro en lateral. Se parecía a las playas de Andaman (con unos 10ºC menos). Me trajo buenos recuerdos.

IMG_20160809_153804

Al día siguiente, temprano, me encontré con Rolf en el camino. Un berlinés de 67 años que salió de Berlín hacía 42 días y estaba rodeando el Golfo de Betania en bicicleta. Llevaba 5.100 km. Pero esa es historia para otra entrada. Con él llegué a Alemania. Una sensación extraña la de volver a un país donde he pasado tanto tiempo. La echaba de menos.

¿Y sabéis qué? Que todo el trayecto (335 Km) ha sido en carril bici, lo creáis o no.

Ahora, a descansar unos días antes de continuar con la segunda mitad.