Capítulo 2: De la vez en que casi llego al cielo.

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Aunque puede parecer inquietante, y tal vez lo sea en realidad, lo desconocido no deja de ser sino una rutina diferente que no conocemos bien.
Le explicaba a Per-Erik que, a la hora de ponerme en marcha,  no sabía donde iba a dormir, qué paisajes iba a atravesar o a quién iba a conocer ese día. Le decía que, por supuesto, intentaba no pensar en nada “malo” que pudiera ocurrir porque no me sirve nunca para nada y en viajes así se trata de eso: de utilidad con el mínimo equipamiento.
Pero fue por algo “malo” con lo me di de bruces con un buen pellizco de humanidad.

Conseguí salir de Estocolmo bajo un cielo nublado después de regatear varios centros comerciales y muchos cruces. Poco a poco fui notando que el tráfico disminuía y que mi instinto me introducía en caminos secundarios, terciarios y pistas de campo, camino de Västerås (léase, Vésteros), entre campos de siembra y algún que otro bosque. Llovió, como no, y me mojé, como viene siendo normal. El viaje empezaba bien: fresco, húmedo y con buen ánimo. Ignorante del futuro, concentrado en cada giro de la rueda, quería conocerme mejor, saber hasta donde podría llegar, cómo llegar… Quizás me tendría que enfrentar a un alce salvaje o a una noche lluviosa en algún bosque rodeado tal vez por gamusinos. O quizás algo peor.

Nada de eso. O bien el destino fue benévolo, o bien el presentimiento tiene que aprender las costumbres locales. El caso es que la ruta desde Estocolmo fue, en general, bien y casi sin incidencias. Digo “casi” porque las cosas se rompen, sobre todo, cuando se combinan con la ignorancia. Suecia subía. Una sucesión de colinas ascendentes con una bajada parcial y poco generosa. Subía y subía. Salí de Estocolmo subiendo y llegué a Halmstad, en la costa opuesta, con un ligero descenso. Subía sin parar y no lograba explicar ese fenónemo. Atribuyo la poca percepción de la bajada al excesivo peso de la bici, pero, si por mi fuera, diría que Suecia llega sutilmente hasta el cielo.
Para que quede claro repito que es la primera vez que me enfrento a una ruta en bicicleta de este calibre. Mi récord hasta la fecha eran 30km (ahora, ya son cerca de 700km). Y, con tanta subida, donde antes tenía piernas, ahora tengo dos motores robustos. Un buen comienzo que, al parecer, se vuelve plano.

Decía, pues, que “casi” porque se me rompió, primero, un radio. Esto fue todo un evento porque me encontraba alejado de la civilización por unos veintitantos kilómetros. Solucioné el problema sintiéndome bastante McGyver, y contento por haber superado un momento adverso sin apenas haber reparado en tal cualidad. Además, fue el desvío y la parada lo que me hicieron terminar en casa de Per-Erik y Marianne, una hermosa pareja en sus 70  que viven en una casa junto a uno de los miles de lagos suecos: un paisaje de película o mejor, que me adoptaron un par de noches para recuperar fuerzas y, la verdad sea dicha, un poco del ánimo. Charlamos sin descanso, salimos a pescar y pusimos a punto la montura.

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La despedida, emotiva, me dio qué pensar sobre el estereotipo de frialdad que los suecos tienen sobre sí mismos. Para Per-Erik, todo esto era algo normal. Normal. Es posible.

Aunque con las fuerzas repuestas y un ánimo férreo me sentía capaz de pedalear sin parar hasta Bruselas, la rueda aguantó algo menos de una jornada. Esta vez fueron dos radios contiguos los que saltaron. El arreglo sería lo más parecido a una película de ciencia-ficción; es decir, que tenía que cambiar la rueda entera (estaba deformada). Pero, confirmando la jocosidad del Destino, esta vez estaba cerca de un camping. Al acercarme pude conocer a un grupo de gente y algo que merece un capítulo aparte ocurrió.
El caso es que, tal y como tenía “previsto” llegué a Halmstad esa noche, donde me esperaban Emma, Tom y Anna. Reencontrarse con viejos amigos y que sea como si nos hubiéramos visto hace unas semanas es algo extraordinario, además de un buen filtro emotivo.

Las horas de salida y puesta del Sol, junto al ritmo físico, el clima local y la belleza natural me tienen sumido en un estado de embriaguez de los sentidos que me afecta a la hora de dormir y al apetito. Es sin duda algo agradable. Una especie de “otra realidad”.

Suecia se acaba. Se acaba la escalada celestial. Reaparece el océano. Continúo dirección sur con las tormentas de verano.